Una noche, por ahí cuando el frio comenzaba, llegué casi empapado a mi departamento. Me saqué el abrigo, me sequé el pelo y me puse cómodo. Al pasar por el espejo del baño me di cuenta que estaba exhausto, pero como nunca antes en mucho tiempo, tenía tantas ganas de tener más días así, aprendía cosas nuevas, las repasaba y las iba guardando para mí.
Había una pizza congelada que me estaba esperando, pero primero lo primero: abrí mi bandeja de mensajes y sentí que mi día estaba completo, y es que bastaba un pequeño saludo suyo, ese que me daba a las siete de la noche antes de irse a su clase de baile.
Tanto me gustaba que lloviera así de fuerte que parecía que el cielo se iba a caer, y mientras tanto, quedarme en silencio cenando y tarareando alguna de esas canciones que no me sacaba de la cabeza. Pasada la media noche por fin aparecía otra vez frente a mi pantalla. Ya me podía ir a dormir, como si hubiese estado faltando esa sonrisa en mi cara. No importan los kilómetros, nunca dormí tan tranquilo como esa noche.
Un día más, el café de la mañana, una tostada con mantequilla y a ver otra vez el calendario, a caminar entre esos árboles rojos, a pensar que al otro lado, muy lejos, también estaba comenzando su día. Mientras giraban logaritmos, mientras esas nubes gordas iban pasando lento por la ventana, junto a donde me sentaba a oír la clase de Mr. TG, seguía pensando que al otro lado, muy lejos, me seguía esperando.
Es posible que además de la botella de Ocean Spray diaria, haya comenzado a necesitar imaginar que al final de estos meses llegaría por fin el momento para hacer maletas, guardar los cuadros, la ropa y los libros. Era desear que al terminar esta etapa, y pese a lo difícil que ambos sabíamos era todo, habría un final inigualable. Es como sentir que haces bien las cosas, que esta vez no te has equivocado y que tu premio espera por ti, estará en el aeropuerto con tantas ganas de verte que sólo puedes sonreír de tan imaginarlo.
Incluso en el estridente brillo de las luces de neón, las calles interminables y esa imponente vista que tiene Manhattan, nunca salía de mi cabeza, como si de alguna forma estaba paseando conmigo, como si al voltear, su cara siempre estuviera ahí. Yo sentía que no estaba solo, que alguien más sujetaba las bolsas y me decía que camine un poco más lento.
No fue un sueño, espero. No pudo ser un sueño porque creo que tengo fotografías de esos momentos, y porque me conmueve estar sentado escribiendo esto. Deben ser sentimientos, prueba de que alguna vez existió en mi vida. No pudo ser un sueño porque tengo en la cabeza sus promesas.
Todo esto lo meditaba en el JFK, cuando faltaban unas horas para mi vuelo y poder estar cerca, pero no era siquiera un remedo de ese perfecto momento que quise. No volvimos a hablar, la distancia agotó su paciencia, la vida no quiso que esa noche pensara en llegar, por el contrario, deseaba que mi avión aterrizara en otro planeta, lejos muy lejos. Era una mezcla de nostalgia ver desde esas ventanas del salón de embarque el brillo que emana esa ciudad, al fin y al cabo, la disfruté, pero me pregunto: “¿qué hice mal?”. Me respondo ya en mi asiento, luego de pedir la cena y mirando el cielo oscuro mientras todo se va quedando atrás. La persona que se sienta a mi lado y yo comenzamos a conversar un rato como si nos conociéramos de algún lugar, termino de ver un par de episodios de los Simpsons y luego me quedo dormido. Horas después, la primera rueda de mi avión toca el suelo, y sentí que el corazón se me estrujó. No fue ese golpe propio del aterrizaje sino el golpe de la impotencia, de llegar y que pese a tantos meses esperando ese momento, no me esté esperando.
Ha pasado un tiempo ya desde eso, y curiosamente vivimos hoy por hoy en la misma ciudad, pero nunca nos vemos ni nos comunicamos. Hoy por hoy tengo preguntas y tengo cosas que jamás le dije, igual creo que eso ya no importa ahora. La moraleja es simple: No se logra todo lo que tanto deseamos, no importa cuánto nos esforcemos o cuanto valga la pena que se logre. No importa, porque al final de estas líneas, lo único que quedará por siempre como epitafio de algo que vivió y explotó en alegría mi vida, es el hecho de que nunca debemos dejar de hacer eso que tanto queremos. Si nos pagan mal, si nadie lo valora, si nadie lo retribuye, seguramente será motivo de otro análisis, pero este es para dejar en claro que nada mata el querer mientras nosotros sepamos lo que queremos.